"Teatralizar la pugna política presenta también el inconveniente de que el ciudadano, en su avatar de público, abuchee"
Luisa del Rosario Las Palmas de Gran Canaria
Para los funcionalistas, la política es aquella acción social cuyo objetivo esencial es mantener el orden. En esta visión, la cultura política de la clase dominante exige que el poder fluya de arriba a abajo, y no a la inversa. De ahí que se espere, como hizo el alcalde de la capital grancanaria, Jerónimo Saavedra, que las reivindicaciones de trabajadores como los de Guaguas se encaucen por los canales institucionales. En otras palabras: que rellenen una instancia, que la sellen en el Registro Municipal y que esperen la respuesta. Con un criterio así seguiríamos en el feudalismo.
Puede que protestar pancarta en mano y gritar en medio de un Pleno sea, en verdad, «de mala educación» como dice Saavedra. Pero vale la pena observar por qué se ha llegado a eso. A lo peor es porque los maleducados se han dado cuenta de que los políticos tienen su propia «conciencia de clase», como dice uno de los representantes de Guaguas, y en ella se incluye considerar que un conductor es un ciudadano de tercera.
Teatralizar la pugna política puede interpretarse también como un acto de «mala educación», pues la representación reduce a los ciudadanos a meros agentes aplaudidores del político-artista que ocupe la escena. Y presenta también el inconveniente de que el ciudadano, en su avatar de público, abuchee.
Y es que si no por ser más manso se es mejor ciudadano, tampoco por ser más cultivado se es mejor político
No hay comentarios:
Publicar un comentario